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Rodolfo Carmona

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Será mejor dejar las monsergas a un lado

by

Rodolfo Carmona

Será mejor dejar las monsergas a un lado, dejar atrás lo que nunca será escrito, aquello a lo que uno es incapaz de enfrentarse y mucho menos vencer. Estamos llenos de inmundicia, repletos de un millón de cobardías_ ¡Eh! Qué diablos. Será mejor dejar caer por las letrinas la primera persona del plural.
Estoy lleno de inmundicia, repleto de un millón de cobardías. Lo cual me hace humano, creo. Lo que dicho sea de paso no es ni un consuelo ni una disculpa ante la poca edificante realidad de esa afirmación.
Me sé de cabo a rabo la blancura del pecado, las inmensas tetas de la desolación, el clítoris innombrable del deseo_ ¡Alto ahí! Para el carro_demasiado pretencioso lo de me sé de cabo a rabo la blancura del pecado y todo eso. Además de que no quiero escribir ni morir a la eternidad como Bukowsky, me pierdo siempre en las distancias cortas del vivir.
Dejemos la cosa en que caí en mi propio laberinto y aún no he sabido levantarme. A duras penas me sostengo en el etéreo paraíso de mi ensoñación.
Se han puesto las cosas feas ahí afuera. Cuesta más un kilo de tomates que un francés de Saskia Todorov un miércoles cualquiera. A pesar de todo no tiene precio la dulzura, todavía puede la música calmar el corazón y la razón. Se me escapa el optimismo en está líneas, se nutre de Bethoven esta vez. Y no está mal de vez en cuando llorar de verdad ante su Ave María.
Luce un sol tibio sobre un cielo vacío. Y estoy tan vacío como ese cielo.
No puedo continuar la frase. Discúlpame un momento.
Tengo colgado en la pared el texto de la Desiderata de Max Ehrmann. En ocasiones necesito muletas para continuar el viaje. Necesito convencerme de algo, de un algo sutil y mudo, pues me es preciso creer que existe la poesía más allá de los poetas, que puede ser posible hallarla incluso en los vertederos de la realidad, encontrarla en los andenes y caminos que nos regresan a la nada.
Pero, confieso, soy demasiado inconstante y me quedo siempre con la agria sensación de no lograrlo. Pequeñeces, lo sé, comparado con los suburbios de la pobreza.
He visto por televisión esta mañana una entrevista con un escritor reconocido que comentaba que hay que escribir solo las palabras imprescindibles. Muy bien, admito que mis palabras son completamente prescindibles. Si tengo que escoger me quedo con las palabras prescindibles, con aquellas que no dicen nada pues nada hay que decir, con aquellas que se quedan a ras de tierra, enredadas en lo rutinario, en la prosaica frivolidad de nuestras vidas -no somos nada glamorosos, entono mi mea culpa-.
Me seduce la idea de vagar y divagar en la página en blanco, sin rumbo fijo ni idea preconcebida. No es mala cosa, creo, en estos tiempos en que los prejuicios se visten de ideas y las ideas de dogmas inmutables. Y estos últimos acaban siendo repetidos mil veces en alguna que otra campaña electoral del tres al cuarto para mayor gloria de la democracia.
Confieso que en los test de inteligencia no salgo bien librado y que en los trabajos manuales -descontando los de cama- no ando fino. Así que no aspiro a altas cimas literarias. Aspiro, por el contrario, a respirar por las escamas de la vulgaridad.
Erré de nuevo en la memoria, erré por los caminos y la ausencia, erré. He descubierto demasiado tarde que nada tengo que decir, que en mi interior no hierve el magma de la metafísica ni siquiera la parte más bastarda y divertida de la filosofía que encuentra en el placer el fin último de la especie humana.
Soy -por tanto- humo, polvo, broza, un estallido en mitad de un planeta que es a su vez otro estallido solitario en el extremo de un universo parido en un big bang.
Sobran, pues, los delirios de grandeza, los manuales de la genialidad; el desarrollo, nudo y desenlace de las novelas. Sobran los sabelotodo, los que reparten los carnés de obra acabada, los que apuntan con el dedo. Sobran, por qué no, estas palabras.
Todo parece inmutable y tras esa aparente realidad se oculta la más fútil de las fugacidades. Es soez la fragilidad del tiempo humano, la estúpida defensa del cerebro que ha creado la eternidad para seguir respirando.
Sin embargo uno sigue escribiendo. Aunque sea a intermitencias. Uno sigue escribiendo como defensa, como viaje hacia su propio sinsentido, como alternativa a la desidia. Uno sigue majaderamente empeñado en sacar algo de eternidad de sus vísceras, empeñado en meter un atisbo de jazz en su literatura, improvisar la trascendencia a sabiendas de que en esa exigencia va implícita su derrota.
Necesito retomar ahora la idea de que a pesar de todo no tiene precio la dulzura. Necesito desplegarla en una pancarta, situarme en la trinchera, en primera línea del frente, correr el riesgo de parecer retórico y palabrero, atreverme a tocar a los doscientos millones de intocables de la India.
Me pueden el cielo azul y la visión de un ser humano sonriendo con sinceridad, sucumbo ante los pechos de mujer y un buen Cohíba. Más allá de esto el mundo se me antoja lo que es: el sonoro y fétido pedo de un Dios voluble y ligeramente indispuesto.