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Samuel Villeda Arita

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Tegucigalpa, Honduras

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Venganza Imaginaria

by

Samuel Villeda Arita


Y subí a la montaña y juré por mi hijo_
y por mis nietos del alma.
Por ellos subí,
ya que fueron asesinados en esta tierra prieta
que los vio nacer y que los vio morir.

Y busqué al asesino con la cólera ardiendo,
con las manos crispadas, con el alma rugiendo.
Lo busqué entre las piedras, lo olfateé en el viento
y no quedó escondrijo donde no lo buscara,
y todo fue silencio.
La autoridad me dijo que dejara ese caso,
como si el dolor que yo llevaba adentro
no tenía importancia.
Los amigos me pidieron que guardara silencio,
y mi propia familia me pidió que viviera en un perdón eterno;
y eso era imposible,
pues no podía quedarme con el dolor adentro;
no podía sonreírle a mi propia conciencia
sabiendo que mi hijo y tres pequeños nietos
descansan en el cielo, en lugar de correr
por esta tierra nuestra
disfrutando del aire y tantas cosas buenas,
y eso llena el alma del hombre del campo
de una india ira más violenta que el viento
que traen las tormentas que vienen de los huecos
de todos los infiernos;
y me llené de sangre, y me llené de fuerza,
no pueden los malvados vivir en descampado
mientras la gente honrada se mete entre los cuartos
tiritando de miedo;
,no pueden los malvados caminar como santos
persignándose el cuerpo,
jugando a ser honestos.

Y tomé mi silencio y mi ira escondida
y me fui monte arriba;
ese hijo de nadie, bastardo de otros vientos,
no podía quedarse tan campante y sereno
disfrutando del aire;
no podía seguir sonriéndole a la gente
si llevaba en alma la muerte de mi hijo,
la muerte de mis nietos;
y yo, tampoco podía quedarme suspendido en ese cruel silencio,
y dejé a mi familia _ y agarré patria adentro.

Así pasaron meses, no se si fueron años,
y lo busqué en las calles, y lo busqué en los parques
y hasta en las iglesias, y él no aparecía.
Las ciudades me hirieron y me hicieron pasar
las más innobles hambres;
me asaltaron y fueron tan crueles conmigo
que me llevaron todo y hasta mis papeles
que me hacían señor decente y protegido;
y empecé de nuevo y tomé nuevo aliento;
las muertes de mis nietos y de mi joven hijo
no podían quedarse simplemente en olvido.
Yo debía matarlo, sin piedad, con orgullo,
con la frente muy alta,
porque la gente humilde no sabemos de leyes
cuando andamos herida profundamente el alma.

Y una tarde _.. al fin_.
lo divisé cruzando por el centro de parque.
Traía de la mano a una tierna niña que alegre retozaba;
me le paré en frente y le dije con ira: ya sabes a que vengo,
y él se puso blanco, más blanco que las nubes
de aquella vieja tarde en que mató a mi hijo,
en que mató a mis nietos.
Buscó en su camisa su religiosa arma y yo saqué la mía;
entonces escuché la voz de esa niña, arropada de llanto,
arropada de angustia, pidiéndome con ansias:
"no lo mate señor, que mi padre es un santo",
pero ya era muy tarde
porque las cinco balas le buscaban el alma.